27 AÑOS
Pretendemos
atender y servir constantemente a la sociedad con un análisis
panorámico y propositivo, sin participar en diatribas
ni enconos, pero tampoco en complicidades; sin tratar de
encender hogueras de destrucción, pero mucho menos
de poner barreras de conservadurismo con la intención
de contener los avances sociales fundamentales.
Aspiramos
a la armonía que generan la verdad, la ética
y la justicia. Nos complace la prosperidad, siempre y cuando
involucre a todos y no sólo a unos cuantos. Queremos
el orden y la paz, pero no en los sepulcros, sino en las
conciencias, en los hogares y en las calles, y como producto
de un desarrollo compartido por todos los sectores.
Junto
a la libertad, como facultad innata del ser humano para
aspirar a su desarrollo íntegro, sin barreras ni
zonas oscuras, consideramos fundamental el desarrollo de
la tolerancia como condición para mantener en alto
el sentido del respeto a sí mismo y a los demás,
como fórmula de convivencia e igualmente de desarrollo.
Profesamos
el periodismo como vocación y como compromiso, ligado
esencialmente con la información, y de igual manera
con la aspiración de crecimiento espiritual y de
servicio a los demás.
En
esas inquietudes nos hemos desempeñado durante estos
27 años.
De
paso hemos dado cuenta del devenir de los acontecimientos
que han venido marcando el ritmo de los cambios y las transformaciones
a los que nos hemos visto sujetos los mexicanos, y en específico
los sonorenses.
La
crónica obligada en el periodismo nos ha permitido
observar el desfile de acontecimientos, situaciones y personajes
que han llenado estos 27 años, y el balance actual
es deprimente: resulta pavoroso el crecimiento de la pobreza
y los consecuentes problemas de delincuencia; es decepcionante
que ante la apertura de espacios para la democracia, los
políticos en su gran mayoría se han quedado
entrampados en su necesidad de ser controlados hasta la
ignominia y no han surgido líderes con suficiente
capacidad para dar conducción al país y a
las regiones; es inexplicable la sistemática omisión
frente a las negligencias en empresas de carácter
nacional -como PEMEX y CFE- y el empeño denodado
en que éstas pasen cuanto antes al dominio privado,
de preferencia al capital extranjero.
Es
escandalosa la pérdida de valores, lo mismo en la
actividad pública que en la calle y en los hogares.
Por
desgracia, lo mismo han cedido los espacios de la autoridad
moral los gobernantes que los medios de comunicación,
al igual que los dirigentes sociales y religiosos.
Mientras
los ciudadanos observamos estupefactos cómo aún
los ámbitos más íntimos son invadidos
y contaminados por la delincuencia -cuya avanzada es el
relajamiento de costumbres y la pérdida de decoro-
ante la mirada impávida de quienes deberían,
en primer lugar, tomar precauciones y, en su momento, actuar
en la aplicación de la ley.
En
ese orden, estamos afectando a la actual generación,
que ha quedado incrustada en un ambiente en el que prevalecen
la capacidad de maniobra y la mentira sobre la honradez
y el trabajo.
Los
ejemplos de disciplina, tenacidad y esfuerzo han perdido
vigencia para dar lugar privilegiado a la ausencia de escrúpulo
si ello permite el enriquecimiento rápido.
Hoy
en día estamos ante un verdadero dilema nacional
que se refleja exactamente igual en Sonora: o decidimos
tomar un camino marcado por la ética, o -en lo que
toca a valores morales- dejamos que el porvenir sea pasto
para delincuentes y malandrines.
No
debemos declararnos derrotados, sino unirnos todos para
hacer prevalecer los más altos valores legados por
nuestros antepasados.