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TOMÁS Herrera

Tomás HERRERA SECO Tomás HERRERA SECOxtomashermosillo@hotmail.com


Muchas naciones han sabido canalizar adecuadamente su recuerdo histórico en aras de un eficiente progreso socio - cultural y ubicarse como protagonistas de la historia contemporánea; en tanto, en México todavía se suda la amargura histórica, aferrados al acomplejado inmovilismo de imágenes pasadas...

¡PELIGRO! llegan los españoles

Mi amigo el escritor sevillano Javier Márquez, está interesado en venir a Sonora para escribir una novela sobre el tema western. ¿Será esta una nueva colonización española? ¿O mejor le tengo que decir que se quede en su casa, en el barrio de Santa Cruz, en Sevilla, y se empache de ver películas de indios y vaqueros hasta que le llegue la inspiración a fin de que, con su presencia, no dañe la susceptibilidad mexicana?
¿Saben una cosa?: El tema de los "gachupines" me tiene harto. Pero no porque sufra en mi propia carne los improperios verbales, despreciativos o indiferentes de la gente, sino por la sintomatología de lástima e ignorancia de quienes los prodigan, que más que hacer una gracia vengativa denotan la pobreza mental e histórica de una sociedad mexicana que no quiere crecer.
Ahí tiene a López Obrador, friegue y friegue con los gachupines. ¡Con el "peje" hemos topado -dirían algunos- (ya no con la Iglesia), como si los gachupines en la actualidad, o el recuerdo de la colonización de hace 500 años, fuesen en estos momentos los culpables de que México no saque a su buey de la barranca. Sería bueno una nueva aparición de la Virgen de Guadalupe para clarificar nuestro estado de ánimo y no pedir ya un templo en el Tepeyac, sino una apertura de mentalidad que obre milagros en nuestra clase política… ¿Quién pudiera ser el nuevo Juan Diego del siglo XXI?.. Quizá en vez de flores en la tilma, aparecieran milagrosamente pozos de petróleo en aguas profundas para dar crédito a una opción factible, posible y urgente.
Me imagino los sucios pensamientos de muchos ante las imágenes que días atrás hemos estado viendo en los medios de comunicación, sobre el magnífico recibimiento que el gobierno español le propició a Felipe Calderón y su séquito (conformado, dicho sea de paso, por políticos de diferentes bancadas). La verdad es que resulta digno de admirar el mimo de detalles con el que se atendió al primer mandatario mexicano. Desde la seguridad aérea (escoltado por aviones militares al entrar en cielo hispano), hasta el abrazo del Rey (poco usual en esa generosidad afectiva protocolaria) pasando por las cenas y los diferentes encuentros, no sólo del presidente del gobierno y las cámaras legislativas, sino el mundo de factores bonitos, poco comunes y nada usuales en la monotonía de las agendas de visitantes distinguidos. Quizá la "forma" fue muy similar a la de otros presidentes llegados a la península ibérica, pero el matiz, la sazón, el alma que emanaba de ese protocolo, tenía mucho qué ver a favor de una simpatía histórica de España hacia México.
Pues bien, no nada más los malos pensamientos, sino también las malas lenguas han proliferado hasta regodearse en lo subversivo: que el presidente de México fue a España a finiquitar la venta del país, y que los españoles recibieron al primer mandatario azteca con mimo de detalles para dorarle la píldora y hacerle sentir que los ibéricos siguen siendo los mejores candidatos a seguir colonizando el suelo mexicano. Lo curioso de todo esto no es el circo que se montó ni el tiempo que se pierde en "dimes y diretes", sino el lamentable escaparate nacional y mundial de la evolución de nuestro pensamiento histórico, confrontado con la realidad de siglo XXI que estamos viviendo.
¿Les digo algo? ¿Sabían ustedes que los españoles en la actualidad viven del cuento; viven de las rentas ajenas; viven de los intereses que generan un esfuerzo histórico que ellos no han realizado? Me explico. España, a lo largo de unos tres mil años ha sido invadida, conquistada, colonizada por casi una docena de pueblos extranjeros, dígase por ejemplo celtas, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos, visigodos, alanos, romanos, árabes, franceses… Y, bueno, ¿se imaginan a los españoles actuales, peleándose con una rencilla histórica porque unos desalmados venidos de fuera se llevaron el oro de la península, violaron a las bellas mujeres ibéricas, realizaron desmanes inimaginables y nos dejaron la rabia de un sentimiento frustrante? Pues no, mis amigos; nada más lejano de esa suposición. Los españoles actuales no tienen el mínimo complejo por haber sido presa de la ambición de otros pueblos de la tierra, sino que, por el contrario, se sienten históricamente orgullosos, no del daño patrimonial que en su momento hayan podido ocasionar los bárbaros intrusos colonizadores, ni del sufrimiento padecido por sus muy lejanos antepasados, sino de que gracias a ese fenómeno trashumántico España se ha visto también favorecida de un innumerable patrimonio cultural, casi -digamos- único en el mundo (recordemos que España ha sido en el mapa geográfico un punto neurálgico que ha interesado a la mayoría de los reinos del continente europeo, bien por su entrada o salida de África, bien por su salida hacia América, el nuevo mundo) Esto dio pie entonces a convertir la península ibérica en la joya de la corona territorial de cuantos reinos poderosos tenían ambiciones más allá de sus fronteras.
Cuando en los años 60 el general Franco llamó de Londres a su embajador, Manuel Fraga Iribarne, para convertirlo en secretario de Turismo, ni se imaginó (o sí se lo imaginó, y precisamente por eso lo requirió a su gabinete) que llevaría a cabo una de las revoluciones modernas más importantes en la historia de España, al convertir esa nación en la primera potencia turística del mundo. Y todo gracias a que el olfato político del nuevo secretario descubrió que en el patrimonio heredado por tres mil años de historia (y que de una u otra manera estaba relegado o desmerecido) podía ser la nueva fuentes de divisas de una nación que apenas estaba saliendo de los escombros de su guerra civil.
En efecto, la visión de ese hombre fue de tal magnitud que empujó a todo el gobierno de Franco a apostar no por la lamentación histórica, sino por la visión profética de que las herencias bien digeridas son un diamante para quien las sabe administrar con inteligencia. Y así las ciudades célticas, las calzadas y puentes romanos, los templos visigóticos, los palacios árabes y el orgullo francés, fueron y son en la actualidad el orgullo patrimonial de los españoles y su principal fuente de trabajo y de divisas.
Con esa mentalidad recibieron a primeros de junio, los españoles al presidente de México y su séquito. Y con esta mentalidad los españoles viajan hoy día a otros países del planeta a invertir ó a conocer, a compartir ó a intercambiar. Lejos para los ibéricos ha quedado el sentido de la frustración o del complejo, de las rencillas o de la venganza histórica… Hubiese sido dicha actitud la principal ancla para quedarse sumidos en las lamentaciones del subdesarrollo que propicia una guerra civil e impedirles, en el plazo de 40 años, haberse convertido en uno de los países modelo de las era moderna.
¿Que hizo Portugal, tras la revolución de los claveles? ¿Qué hizo Vietnam tras la salida de los norteamericanos? ¿Qué está haciendo Polonia en el momento actual?
Y así pudiéramos seguir con un rosario de ejemplos de países del mundo que canalizan adecuadamente su recuerdo histórico, en aras de un rápido y eficiente progreso socio-cultural de sus pueblos para sacar, de una vez por todas, su buey de la barranca y ser parte respetable y protagonista de la historia contemporánea.
Pues, como contraparte de la moneda, aquí tenemos el lamentable ejemplo de México, o muchos mexicanos viviendo aún de la amargura histórica, aferrados al inmovilismo acomplejado de la imagen de Cortés y Cuauhtémoc, como si de ellos y sólo de ellos dos dependiera el presente y el futuro de los mexicanos.
Ahí tenemos el derroche -todavía- de insultos y reclamaciones del oro que se robaron los españoles, de lo mucho que hicieron llorar a la Malinche, de la bola de mestizos que regaron por todo el país y de (dando un salto a la historia, 400 años después) ¿por qué fregaderas el presidente de México Lázaro Cárdenas, tuvo que acoger a los niños de Guernica (inventores del gachupinismo) y permitir que años más tarde fueran una generación de mexicanos adoptivos, inteligentes y audaces, prominentes hombres y mujeres del prospero capitalismo de los años 90? ¿Por qué? ¿Por qué aun se insiste en una relación empresarial, cultural y comercial con los españoles, si ya tuvimos suficiente experiencia con lo mucho que nos hicieron sufrir y lo mucho que nos robaron?
Aunque parezca mentira, este es un pensamiento "demasiado extendido" no sólo en las bases del pueblo mexicano, sino que también lamentablemente en muchos de nuestros actuales gobernantes que defienden el futuro patrimonial de sus hijos reclamando venganza por la sangre que corrió en nuestros poblados y selvas allá por los años de 1519 y siguientes. Mientras que otros pueblos del planeta (que sufrieron muchísimo más que México) han sabido pasar inteligentemente la página de su historia, nosotros todavía argumentamos en las disertaciones parlamentarias, en los análisis periodísticos y en las exposiciones universitarias, el agravio que sufrimos del único verdadero invasor que ha tenido el pueblo mexicano. ¿Qué habría sucedido si en vez de uno, hubiesen sido una docena?.. nos estaríamos haciendo bolas, a ver a quién echarle la culpa de ¿por qué nuestro buey sigue en la barranca?

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