Revista Así - Información de Fondo Revista Así - Información de Fondo
Revista Así - Información de Fondo
Revista Así - Información de Fondo
Volver a la página principal Editorial Entrevistas Reportajes Artículos Columnas Nosotros Contacte con nosotros
Los Arcos
Los Arcos

 

 

 

TOMÁS Herrera

Tomás HERRERA SECO Tomás HERRERA SECOxtomashermosillo@hotmail.com


Muchos sacerdotes y pastores han disuelto los grupos adolescentes de sus comunidades porque no han sido capaces de entender e iluminar desde el Evangelio la realidad humana que padecen los muchachos de 14 a 18 años.

LA REVOLUCIÓN DE LOS 16


En uno de mis últimos artículos comentaba que los adolescentes de ahora se saltan el 'cortejo' para ir de inmediato al sexo.
Y yo me pregunto: ¿qué responderían, en relación a sus conductas y prácticas sexuales, si alguna asociación de padres o la propia Secretaría de Educación o de Salud Pública realizaran un sondeo sobre hábitos sexuales de los muchachos?
Pudiera ser esta una excelente manera de conocer el 'calentamiento global' de nuestros adolescentes, para sernos útil a la hora de saber en qué terreno nos movemos los adultos ante 'la suposición' de su conocimiento o ignorancias sobre el sexo.
¿A qué edad se inician sexualmente nuestras criaturas? ¿A qué edad han tenido su primera relación? ¿Dónde y como ven la pornografía? ¿Cuánto su vida sexual es bandera de sus influencias y poder?
Los padres pueden ignorarlo y negarlo, no querer enterarse, imaginarse que sus hijos no hacen esas cosas; sin embargo, sus hijos lo hacen, y cada vez más, y cada vez antes, y cada vez con más gente…
Es el mundo sexual que predomina en las preparatorias. Es lo que ocultan a los padres y el secreto mejor guardado. Es lo que los hijos callan y los padres prefieren ignorar pasando el sexo a ser el tabú mejor conservado, aún en nuestros días entre padres e hijos, porque los padres jamás hablan con sus hijos de su vida erótica y, por consiguiente, los hijos tampoco hablan con sus padres de la suya.
Tengo unos amigos con hijos adolescentes, que me encanta el circo expresivo que montan en su casa cotidianamente. Desde siempre, (y he ahí la ausencia de novedad) la pareja se ha expresado abierta y simpáticamente delante de sus hijos; ellos han podido ver desde que su inteligencia comprende las imágenes, con cuanta ternura, juego, simpatía y celo, sus padres se tratan entre sí.
Desde que lo comprendieron, jamás ignoraron los ruidos de la noche, y sus padres supieron explicarles con ironía y broma todo lo bonito que implicaba esa euforia nocturna.
Un día llegó a la casa el niño de 12 años contando a sus papás, cómo en una rueda de amiguitos, uno de ellos narraba emocionado que en la noche al levantarse al baño había descubierto a sus papás totalmente enganchados; y luego se puso a preguntar al resto de sus compañeros si ellos habían visto eso alguna vez.
- ¿Y tú qué le dijiste?, preguntó la mamá.
- ¡Menuda novedad con la que me sale este!, respondió el chamaco.
Sin embargo, para muchos padres resulta muy difícil asumir la personalidad sexual de sus hijos; quisieran que nunca llegase o que llegara mágica y tarde, sin quebradero alguno de cabeza, ignorando que sus chamacos son seres convulsivamente sexuales y que no basta con hablar de la regla con las niñas o del condón con los niños, sino de asistir, emocionados, con ellos, a ese fascinante mundo de la naturaleza que revienta en sus cuerpos sin piedad alguna, con calores y sudores (como los adultos los tuvieron en su momento), buscando la manera de entender y pasar a la acción lo antes posible.
Y en eso es en lo que primordialmente se han convertido los rincones para nuestros adolescentes, en el lugar de la acción, en el tocadero petting, en el espacio para besar y sobar hasta sulfurarse del todo sin quitarse la ropa.
Diríamos lo mismo de la discos: la media luz, la música, lo enardecido del clímax exótico que conforman el humo, el ruido y el ansia mental que traen encima, hacen que dichas experiencias y en público se conviertan en la alternativa del atrevimiento para su graduación de género…
Son sus expresiones de liberación las que los llevan a romper la membrana de silencio en el que los tienen asumidos sus padres, que viven fascinados sin enterarse de nada.
Nuestros adolescentes viven "su mundo real", el cual está subliminalmente sensualizado. Puede que los adultos lleguen a tener el control de torear esa fascinación que provocan las imágenes y los sonidos, las palabras y los gestos de los medios que nos rodean, pero los niños no. Nuestros adolescentes se empapan exitosamente de una provocación que llega en el momento y en el tiempo oportuno, cuando su cuerpo les revienta con deseos y su mente les responde con ignorancia.
Hacia donde quiera que mires, el sexo se ha convertido en un objeto de consumo vital. Directa o subliminalmente está en todo: anuncies un carro, ofrezcas un desodorante o sugieras unos condones, la presión a las neuronas es inacorralable y provoca a nuestros púberes a ingresar a un mundo de adultos demasiado pronto, empachándose de todo cuanto los rodea sin saber digerir cuanto comen por sus sentidos.
Todo lo salpica la euforia de los estrógenos y andrógenos: la imaginación, las miradas, los juegos, hasta las cosas espirituales.
¿Nunca se han preguntados ustedes por qué abundan los adolescentes en los grupos de Arco Iris, o de las Iglesias Cristianas? ¿Acaso se imaginan ingenuamente que acuden fervorosos a estas experiencias para madurar en su fe y conocer y leer más la Biblia?
Adultos, no pequen de ingenuidad. El factor número uno por el que un adolescente entra a ser parte de un grupo evangélico, no es otro sino el de poder tener cercanía con el sexo opuesto… Ellos saben que ahí pueden tocar, abrazar, besar y noviar santamente, sin que nadie sospeche (salvo su confesor) de los sueños imaginarios que abriga el desvelo de la noche.
Lo demás, amar y ser amados, perdonar y ser perdonados, llegar a la virtud según los principios evangélicos… vendrán por añadidura. ¿Por qué creen ustedes que muchos sacerdotes y pastores han disuelto sus grupos adolescentes de sus comunidades? Pues porque no han sido capaces de entender e iluminar desde el Evangelio la realidad humana que padecen los muchachos de 14 a 18 años.
El cuerpo de nuestros niños pasa por realidades imperiosas como las que hemos pasado nosotros los adultos, y que lamentablemente hemos olvidado muy pronto. Defendemos con mucha enjundia los derechos ajenos y nos solidarizamos con la lástima cuando vemos imágenes subversivas en la televisión. Pero pocas veces hacemos un examen introspectivo de nuestras obligaciones para descubrir el mal que provocamos con nuestro silencio educativo.
Porque educar sexualmente a nuestros niños y adolescentes no es hablarles de pene, coito, vagina y preservativo; es irles enseñando junto con su evolución corporal y sensitiva y de manera coloquial, simpática, juguetona, visual, expresiva, estética y dulce, el conocimiento de sus cuerpos y los de los otros; hablar de las emociones, de los sentimientos, de las atracciones, del placer, de la amistad, del amor, de la honestidad.
Ya no se puede andar jugando con la cigüeña o la semillita, hay que ir creando individuos con conocimiento y estima de sí mismos, con emoción y carácter, con realidades y disciplinas…
Y todo eso se logra desde la verdad; nunca desde la mentira.
Lo cierto es que la vida ya no es como la cantaba Julio Iglesias en su Festival de Benidor: "la vida sigue igual". Porque es mentira, la vida no sigue igual. La vida ha cambiado mucho. Y eso es algo, no corrosivo o pernicioso, sino diferente y positivo, que requiere respuestas y astucias. Astucia histórica para entender y solventar.
Aparentemente todo puede parecer muy civilizado en la vida de nuestra familia, pero, cuidado, los prejuicios van por dentro, vestidos de silencio y muchas veces de dolor, y hablando de los hijos, sólo tenemos los que tenemos, y afortunadamente no son de usar y tirar.
¿Qué generación es ésta? ¿La XL? No lo sé. Sólo se que no debo no saber.

 

Inicio Siguiente
Revista Así, información de fondo.
Editada por Servicios Informativos del Noroeste, S.A. de C.V.
Gustavo Muñoz No. 15, esquina con Callejón Campeche.
Hermosillo, Sonora, México. CP 83180
Tels. (662) 218-86-17, 218-66-71 y 216-59-29