La figura de Jefe de Gabinete puede ser
ambiciosa
pero no imposible de lograr, y podría significar
una instancia de mediación y cogobierno en
la relación Presidente - Congreso.
Reformando EL SISTEMA
Por Eduardo CHARLES PESQUEIRA
Todo ejercicio de gobierno en una sociedad se materializa
bajo la óptica de un sistema, en el cuál el
político es el factor real de poder de mayor trascendencia
de los que engloba en su dinámica la figura del Estado,
figura ésta que viene a ser el ente aglutinador,
operador y rector de la gran parte de la actividad social,
al cual para lograr orden y desarrollo entre sus ciudadanos
se le ha dotado por ley de facultades y poder.
El
Estado se sostiene del poder y el poder le deviene del derecho,
de ahí la expresión de que: "El poder
y el derecho son dos caras de la misma moneda; sólo
el poder puede crear derecho y sólo el derecho puede
limitar al poder".
En
la actualidad, no obstante estar siendo sometida a constante
censura, es la práctica política la actividad
social por excelencia y protagonista principal en el escenario
de los grandes cambios que, salvo prueba en contrario, en
México están aconteciendo y es el debate de
las ideas lo que sin duda los ha impulsado.
Estado,
poder y derecho actúan siempre en conjunto y se puede
acceder a ellos bajo la importante figura de la práctica
política, por constituir el conducto que une al ciudadano
con el Estado y las cuestiones del poder; por tanto, acusar
de descrédito a la política y sus métodos,
es acusarnos como sociedad de padecer el mismo mal.
Tres
han sido los grandes estadios en que podemos dividir la
historia política de nuestro país:
I.-
Revolución por la Independencia. Desarrollada formalmente
entre 1810 y 1821 contra el gobierno de España, a
fin de lograr existir como nación a los ojos del
mundo, lo que medianamente se logró entre 1821 y
1824 con la primera Constitución mexicana. El siglo
XIX transcurrió en revueltas contra nosotros mismos:
liberales y conservadores eran los bandos alimentados por
distintos intereses; los liberales defendían el sistema
republicano, estimulados por los principios e insumos originados
en Estados Unidos de Norteamérica; los conservadores
se resistían a desprender las ideas y métodos
coloniales, al grado que recurrieron a Europa para ofrecerse
al emperador Francés.
II.-
Revolución Liberal. Si en 1824 logramos una república
independiente, en 1857 se dio el gran paso de independizarnos
ideológicamente. Iniciada desde antes de 1854 por
Gómez Farías, Comonfort, Ocampo, Lerdo y Juárez,
la revolución liberal fue a la vez armada con rifles
y con ideas, logrando entre ambos dar contenido (no estabilidad)
al importante período comprendido entre la Reforma
y la muerte de Juárez en 1872.
III.-
Revolución social. La tercera revolución la
del 20 de noviembre de hace casi cien años, buscó
reivindicar los derechos sociales: trabajo, vivienda, educación,
propiedad, laicismo, etc., y su triunfo dio origen a la
Constitución de 1917, que hasta la fecha nos rige,
además de ser sus postulados pared y cimiento del
sistema de gobierno presidencial, que durante 70 años
gobernó al país. De entonces a la fecha la
historia es conocida y podemos considerar, no obstante sus
bemoles y resultados, la etapa más estable de nuestra
historia política. Han sido escasos los periodos
de estabilización política; 1810 a 1821 la
guerra por la independencia; orden y acuerdo trascendental
con la Constitución de 1824 y la primera República;
posterior caos interno entre liberales contra conservadores;
intervenciones armadas de Estados Unidos y pérdida
de territorio; guerra contra Francia y su monarquía
fugaz; intento frustrado de orden con el triunfo de Juárez
y el gran impasse constitucional de 34 años vividos
bajo el ominoso manto de la paz porfiriana, que terminó
hasta 1911 con la renuncia del presidente Díaz, pero
que inauguró a la vez el periodo sangriento de la
Revolución Mexicana.
La
mancuerna estratégica nueva Constitución de
1917 y creación de partido político de Estado,
fue la fórmula que, a gritos y sombrerazos, pero
mantuvo un orden establecido gobernando bajo la filosofía
de valores entendidos entre el nuevo corporativismo y los
poderes fácticos, que disciplinadamente se intercambiaron
el poder cada seis años hasta 1968, cuando las nuevas
ideas de libertad de participación afloraron de manera
violenta.
IV.-
Revolución Política en trance. Para un régimen
democrático, estar en transformación es su
condición natural. La democracia es dinámica,
el despotismo es estático; si bien es cierto que
en nuestro país la democracia no goza de total salud,
tampoco puede decirse que esté al borde de la muerte;
por el contrario, se transforma cada vez con innegables
avances.
Mucho
hemos leído, escrito y hablado acerca de la Reforma
del Estado; proyecto este puesto en marcha en abril del
año pasado, con ambiciosos alcances por cierto, ya
que tiene por objeto dar funcionalidad y nuevo rumbo al
ejercicio del poder público, amén de contemplar
la creación de nuevas figuras e instituciones que
coadyuven a lograr la tan anhelada gobernabilidad. Tal figura
pretende consolidar cambios en cuatro grandes áreas:
Régimen de Estado y de gobierno; Democracia y sistema
electoral; Federalismo; y Reforma del Poder Judicial. Cambios
que en su conjunto pretenden la implantación de un
nuevo orden o sistema de gobierno.
De
lograrse las reformas, estaríamos en presencia de
un hecho sin duda histórico, que sentaría
las bases para que en México nuestra vida política
se desarrollara bajo un novedoso sistema de gobierno, y
significarían el corolario de un proceso de cambios
iniciado por la sociedad décadas atrás:
Cambios
en la conciencia social. 1968 sin duda fue el factor detonante
de los grandes cambios políticos en nuestro país;
la revuelta estudiantil dio lección reaccionaria
y provocó poco a poco la apertura del Estado a la
participación social, lo que marcó una etapa
de cambios en la conciencia social.
Cambios
en los conductos de participación política.
Las reformas electorales de 1977 sin duda fueron resultado
de la violenta lucha sesentera; en ese año las reformas
dieron vida institucional a los partidos como entes de interés
público, al reconocérseles plenamente su existencia
y la institucionalización de su financiamiento desde
el Estado.
El
año 1988 llega con un cúmulo de inquietudes
nuevas, cuyas ideas se basaban en la bifurcación
de criterios políticos que desembocaron en la gran
escisión del PRI, acentuándose el reordenamiento
de la izquierda mexicana alimentada décadas atrás;
tal hecho marcó un hito en la historia político
- electoral y consolidó la pluralidad en la participación,
al igual que la etapa de cambios en los métodos de
participación.
Cambios
en el ejercicio del poder. La actividad política
de la sociedad madurada ya, en 1997 terminó con la
hegemonía partidista en las Cámaras, y por
primera vez el PRI perdió el control absoluto del
Poder Legislativo, perdiéndose con ello el pilar
principal del autoritarismo presidencial, que cumplimentó
su caída tres años después con el triunfo
de la oposición en la presidencia de la República.
Estos
dos últimos acontecimientos, la pérdida de
la mayoría absoluta en las cámaras federales
y la pérdida de la presidencia, abrieron la posibilidad
de que un nuevo escenario político institucional
se desarrollara; la ciudadanía entera abrazó
la idea de que su participación heroica e histórica
que desencadenó los triunfos opositores de 2000,
abriera un proceso de regeneración del ejercicio
del poder.
Poco
a poco fuimos percibiendo cómo el gran cambio democrático
no tuvo efectos estructurales en la gobernabilidad; al tiempo
nos dimos cuenta de que efectivamente estaban ocurriendo
cambios, pero éstos reducidos exclusivamente al ámbito
de la relación entre poderes en su disputa por el
ejercicio del control político del Estado.
Los
años 2000 y 2006 fue sin duda el periodo en el que
las nuevas formas y prácticas políticas vieron
luz, y la esencia política evolutiva se percibió
en diversos sentidos: la esperanza cultivada por el fenómeno
del cambio en la presidencia poco a poco fue desvaneciéndose,
y el presidente Fox como figura principal decepcionó,
provocando a quienes abrazaron la bandera del voto útil
comprender el error de su decisión al ser testigos
en lo general de una laxitud nunca antes vista en el ejercicio
del poder presidencial.
El
fenómeno fue aprovechado por los otros dos poderes,
Legislativo y Judicial para hacer uso pleno de sus nuevas
facultades y dejar en claro que la dictadura presidencial
tendía a desaparecer como sistema de gobierno. Ambos
poderes, cabe considerar, ya estaban en ventaja para adaptarse
a los cambios; el legislativo desde 1997 era plural y sin
mayoría dominante, y la Suprema Corte desde 1995
contaba entre sus atribuciones con figuras tales como la
controversia constitucional, las facultades investigadoras
y las acciones de inconstitucionalidad, que mucho servirían
para sobrellevar los conflictos y el desentendimiento que
entre los poderes Ejecutivo y Legislativo se presentaron
durante todo el sexenio de Fox.
¿Cambio
de Sistema? Del 2000 a la fecha, tanto la suprema Corte
de Justicia de la Nación como el Congreso Federal
acentuarán su poder y se consolidarán independientes
del Ejecutivo federal por primera vez en setenta años;
al mismo tiempo, y como consecuencia de que el presidencialismo
hizo crisis y se sepultó con Fox, al grado que Calderón
instaló de hecho y de derecho un nuevo sistema basado
ya no en la "voluntad madre" del presidente, pasando
a ser en esta ocasión el Poder Legislativo el que
determinó y operó -previas intensas negociaciones,
creo- que Felipe Calderón viera existencia como presidente.
Hecho histórico que consolidó la vigencia
de un nuevo sistema de gobierno.
El
2007 terminó la conformación de las estructuras
políticas que sostendrán la ecuación
del ejercicio del poder vía las primeras reformas
de fondo ya concretadas; no obstante, y para apuntalar el
verdadero cambio en nuestro sistema de gobierno, hacen falta
puntos intermedios que permitan a la nueva relación
entre poderes del Estado mexicano llevarse a cabo de mejor
manera y abonando a una exitosa gobernabilidad; es un hecho
que, si bien es cierto el presidente no puede ya influir
en el proceso legislativo, el Congreso tampoco tiene manera
de controlar el desempeño del Poder Ejecutivo, tal
y como correspondería al sistema parlamentario. La
figura de Jefe de Gabinete puede ser ambiciosa pero no imposible
de lograr, considerando que podría significar una
instancia de mediación y co-gobierno en la relación
Presidente-Congreso.
Este
2008 necesariamente deberá ser el año que
consolide, por un lado los cambios institucionales y estructurales
ya iniciados con las reformas, a la vez que se fortalezcan
las posturas ideológicas que definan qué hacer
y qué rumbo dar al poder con que se cuenta como sociedad
política representada en el Congreso federal, su
nueva cabina de mando.
Se
prevén debates en cuanto a estructura del poder,
rumbo e ideología del mismo. El modelo económico
seguido por el sistema presidencialista que se extingue,
tiene hoy como saldo números rojos en todos los sentidos,
y los factores presentes en este momento hacen suponer que
así seguirá siendo, lo que obligará
sin duda a un replanteamiento en el nuevo entorno y escenario
de las decisiones, y es ahí donde se requerirá
el talento suficiente para que las mismas sean tomadas con
cordura y objetividad.
Es
un hecho no exagerado, por lo tanto, considerar que, como
nación independiente desde 1824, de pensamiento liberal
desde 1857 y con derechos de vanguardia reconocidos desde
1917, nos encontremos hoy elaborando las bases para una
nueva organización, un nuevo sistema de gobierno,
un nueva República.