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EL SUEÑO mexicano
Por Sergio ROMANO
Siempre
de la mano de Virgilio, en la Cuarta Zona del Último Círculo,
finalmente llega Dante al centro del Infierno y enfrenta a "La
creatura ch'ebbe il bel sembiante" (El ser que tuvo el rostro
hermoso): el mismísimo Lucifer, cuya cabeza tiene tres rostros:
Odio, Esterilidad e Ignorancia.
Así
dice 'La Divina Comedia'.
Yo
tengo otra historia del Infierno: los Amuzgos son uno de los varios
grupos étnicos que habitan Oaxaca. Viven en la zona de Jamiltepec,
por el rumbo de Puerto Escondido. Cierto ejidatario Amuzgo tuvo
un problema con su vecino, que movió la cerca de colindancia.
El
quejoso fue con su amigo el jefe del ejido, quien le dijo que no
podía resolver nada y lo mandó con el jefe de la comisaría
local.
Fue
con el comisario, y le dijo lo mismo. Lo envió con el presidente
municipal, quien lo recibió tras dos días de espera,
para decirle que tenía que elevar su queja ante la cabecera
municipal regional.
Fue
hasta allí, pero tuvo problemas porque ya casi nadie hablaba
su idioma. Pero alguien se compadeció y una semana después
le dijo que debía ir a la circunscripción regional
de la Costa Grande.
Ahí
sí ya nadie hablaba su lengua, pero logró entender
que tenía que ir hasta la capital del estado. Fue, y ahí
lo mandaron a la delegación de la Reforma Agraria, y ahí
alguien lo guió hasta la Procuraduría Agraria.
Sin
saber exactamente cómo o por qué, dos meses después
de que salió de su solar, andaba perdido en las calles de
la Ciudad de México y jamás pudo regresar a su casa.
Su vecino tiró la cerca, se adueñó de toda
la media hectárea que era su patrimonio y por el que había
recorrido el infierno y su familia murió de hambre.
Quizás
por eso hay tanta gente en el DF: la tercera parte de ellos son
personas extraviadas que llegaron ahí para un trámite,
y no pudieron ni supieron regresar.
Para
efectos de esta nota, todos los mexicanos somos Amuzgos.
Debe
ser por eso que para librarnos de la pesadilla de ser Amuzgos nos
perdemos en las noches en el American Dream, el todopoderoso sueño
americano que nadie sabe qué es, pero que todos anhelan y
cuyo secreto sólo poseen los WASP (White Anglo Saxon Protestant),
los güeros bélicos y sus amos los judíos que
inventaron Santa Claus.
Pero
hasta ahora no he oído hablar de El Sueño Mexicano,
aquel en donde los Amuzgos ya tienen quién les haga caso
y hasta van a la escuela, aquel en donde los millones de niños
miserables (por lo menos cinco millones, según las estrafalarias
cifras SEDESOL) tengan zapatos, escuela verdadera más allá
de la Gordillo y hasta un Niño Dios que les sonría
más allá de las cifras idiotas, como aquella del reporte
del Centro de Estudios de Finanzas de la Cámara de Diputados
indicando que durante los sexenios de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo
y Vicente Fox se destinaron 6,990 millones de pesos, pero el país
sigue estancado en el mismo nivel de pobreza que en los años
70.
No
he oído hablar de un Sueño Mexicano en el cual ya
no tengamos que decir que 50 por ciento de los jóvenes de
15 años se ubicó en los niveles cero y uno, los más
bajos del rendimiento escolar en las habilidades científicas,
matemáticas y de lectura, lo que significa que están
poco calificados para pasar a los estudios superiores y resolver
problemas elementales.
Un
Sueño Mexicano donde no haya 2,561 ejecuciones en un solo
año, ni tengamos que vivir de las remesas de los mexicanos
que ahora sueñan la pesadilla yanqui, ni de lo que deja el
contrabando de las ganancias del narco, y del horror de ser uno
de los 11 millones 530 mil personas condenadas a la economía
informal.
Un
Sueño Mexicano que le tape la boca al Banco Mundial cuando
afirma que "la polarización social en México
es preocupante, porque frena el desarrollo económico y democrático.
Hay más de dos 'Méxicos': el de los pobres y el de
los ricos; el del norte y el del sur, y es necesario atender esta
situación de manera urgente", según fulminó
Roby Senderowitsch, especialista en desarrollo institucional de
la organización.
Ojalá
alguien empiece a proponernos un Sueño Mexicano con todo
eso, pero con algo más: ¡que no haya políticos!
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