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Manuel Ignacio Acosta Gutiérrez

Su propio carácter de juicio público hace que la oralidad implique fuertes inversiones, así como la responsabilidad de garantizar la seguridad durante las audiencias y el riesgo de que los casos se mediaticen.

Entusiasmos que ciegan...

OLVIDA EL 'MALORO' DETALLITOS
en lo de los juicios orales

Por Edgardo CARRILLO LÓPEZ

Entusiasmado, animado por el activo de imagen pública que para un político representa ser el promotor de un cambio radical en el sistema judicial sonorense, el diputado Manuel Ignacio Acosta Gutiérrez ha pasado por alto varios aspectos importantes con relación al modelo de juicios orales, importado -o impuesto- de otros países.

El principal, si se toma en cuenta que todo proyecto debe estar sustentado en su viabilidad operativa y financiera, es el de la fuerte inversión que requerirá adoptar en Sonora la oralidad en los juicios penales.

Hay experiencias. Se ha informado que en Nuevo León costó 18 millones de pesos remodelar y equipar el edificio donde se construyeron las tres primeras salas de este tipo, en tanto que adecuar las más recientes que se han instalado, las que operan la justicia civil oralmente, les han costado 700 mil pesos cada una.

El 'Maloro' Acosta se ha guardado este punto del proyecto. Un año después de su iniciativa (en octubre del 2006) sigue ponderando las bondades de la oralidad, pero no ha dicho cuánto costará a los sonorenses. Lo más que ha expresado, en una entrevista reciente en el periódico Expreso, es una buena figura retórica al respecto: "... Por eso yo no puedo hablar de recursos, porque dicen: 'es que cuesta mucho'. Cuesta más la impunidad, creo yo".


En nuestra edición impresa... Manuel Ignacio Acosta Gutiérrez, quien como diputado local priísta ha venido impulsando una amplia reforma judicial que contempla la implementación de los juicios orales en Sonora, es licenciado en Derecho por la Universidad de Hermosillo, pero carece de experiencia como abogado litigante... su experiencia laboral se constriñe al sector público y a su participación en la política partidista...

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El gobernador Eduardo Bours ha sido más específico. Durante la firma del llamado 'Pacto por la Justicia', que signaron los tres poderes del estado el pasado 12 de octubre, refiriéndose a la inversión económica, dijo: "Soy el primer apuntado para sentarnos en la mesa y ver de dónde podemos sacar los recursos, al principio será costoso, pero a largo plazo será de ahorro; estoy convencido de invertir en las cosas que valen la pena. Esta reforma ya está blindada contra cualquier tipo de intereses particulares y de grupo...".

No es de negarse la conveniencia de modernizar el sistema judicial en Sonora -y, claro, en todo México-, pero el gobernador está equivocado. En lo que específicamente hace a los juicios orales, su objetivo no es acortar tiempos ni ahorrar recursos. El director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, Héctor Fix Fierro, lo expresa de mejor manera en una declaración al periódico La Jornada en agosto pasado:

"La función de la oralidad no es la de acelerar los juicios o reducir necesariamente sus costos, sino convertirse en un factor de la legitimidad del sistema judicial que se genera por medio del contacto personal y directo de los ciudadanos, con las instituciones y los jueces que los juzgan... tocan una fibra muy sensible de la sociedad mexicana, que no sólo tiene hambre y sed de justicia, sino que también quiere ver y oír cómo se hace justicia en nuestro país".

Y es eso, precisamente, el carácter de juicio público, abierto a que la gente asista como espectador, lo que implica un gasto importante en adecuación o construcción de juzgados con auditorio. Pero, más allá, encierra también un riesgo grave, que los promotores del sistema de juicio oral en Sonora no están considerando o han preferido hacer como que no han visto: el enorme requerimiento económico y humano para garantizar la seguridad durante una audiencia.

El mismo carácter de juicio público conlleva el impacto mediático; es decir el entrometimiento de los medios que muy poco saben de Derecho y cuestiones legales, pero que sí en cambio pretenden asumirse como adalides de la justicia, siendo que -ya se sabe- no necesariamente lo legal viene a ser justo.

Ya ha habido casos en los que la prensa, a su real entender, juzga y condena o absuelve, casi siempre ante la complacencia de la gente, el respetable público que, azuzado por quienes forman opinión, suele convertirse en chusma enardecida cuando de clamar justicia se trata (siempre y cuando, dice la sentencia, 'se haga la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre').

Me pregunto si la influencia de los medios de comunicación, engolosinados ante la novedad de juicios abiertos al público o -después- por cierto caso espectacular, no irá a influir en la decisión de algún juzgador temeroso de aparecer en mala posición ante la sociedad.

Lo anterior nos lleva a reparar en la idiosincrasia del mexicano, acostumbrado a decir que se hizo justicia cuando el veredicto le favorece, y cuando no, pues simple y sencillamente piensa y vocifera que el juez se vendió.

Dirán muchos que no tiene por qué ser así, que en otros países donde se manejan los juicios orales los involucrados aceptan los fallos legales. Pero es precisamente de lo que hablamos: en otros países hay otras culturas, otra voluntad cívica, otra disposición de respeto a la autoridad. Sencillamente en Estados Unidos, si a alguien se le condena a cumplir una pena, no en la cárcel sino en su propio domicilio, respeta y cumple la determinación, a veces sin necesidad siquiera de utilizar las conocidas pulseras electrónicas que alertan cuando se llega a rebasar el perímetro permitido. Pero es de apostarse que si a un mexicano -aquí en México, por supuesto- lo dejan suelto, ya no con una de esas pulseras sino hasta con un grillete, carga con el artefacto y en su feliz huida lo vende por ahí como fierro viejo.

Otros datos sobre la implementación de los juicios orales en Chile, revelan que allá la reforma representó que de 40 jueces que había en todo el país operando la justicia penal, se tuviera que incrementar 400 por ciento el número de juzgadores.

El diputado Acosta y quienes se han emocionado con la posibilidad de parecer grandes porque tengamos juicios casi como de películas (casi, porque por lo pronto no habrá jurados, aunque esa modalidad de juicio con jurado popular se ha realizado incluso ya en Hermosillo -ver nota aparte-) argumentan que es falso que vaya a ser necesario incrementar considerablemente el número de jueces.

Pero hay otros factores qué enumerar en contra de los juicios orales. Por principio, es de subrayar la elevada inversión en juzgados a manera de auditorio para recibir a los observadores de los juicios, incluido la operación y el mantenimiento de tales salas.

Luego, la necesidad de equipar dichos recintos con sistemas de grabación por circuito cerrado de televisión; ¿o será acaso que van a capacitar personal para que capturen las voces de los actores del juicio por medio de la estenografía?

¿Se habrá pensado ya en los equipos detectores de metales que deberán formar parte de las instalaciones de esos juzgados?, ¿o no se temerá que entre el público asistente a un juicio oral abierto alguien vaya armado?

Es de preverse, así mismo, la posibilidad de que se presenten situaciones que se salgan de control, lo cual hace imperativo que en esos juicios abiertos a la ciudadanía se disponga del apoyo de la fuerza pública, elementos de seguridad capacitados para actuar en caso de un amotinamiento de personas inconformes con el sesgo o el veredicto de un juicio, o en el menor de los casos para garantizar que el inculpado no escapará (o será 'rescatado') mientras se le sigue el proceso.

Estos dos últimos puntos, por sí solos, representan un grave riesgo para la integridad física tanto de los jueces como del personal del Poder Judicial y, claro, de los espectadores de un juicio.

A esto hay que agregar la necesaria capacitación de jueces y otro personal del Poder Judicial, así como de ministerios públicos (hábiles para redactar y hablar con propiedad y de manera convincente, de lo que actualmente la mayoría están muy alejados), e incluso hasta los cambios que habrán de darse en los planes de estudio de las escuelas de Derecho.

Queda claro que los juicios orales son una realidad que tarde o temprano se verá implementada en la práctica en Sonora y en todo México. Pero la otra verdad incuestionable es que su aplicación representa cuantiosas inversiones, que no todos los estados de la República están en aptitud de ejercer, pero sin las cuales resulta obvio que el sistema de la oralidad en los juicios no funcionaría adecuadamente, como bien lo advierte el juez federal Higinio Carrillo de León:

"Tendría que haber la revisión no solamente de las instituciones jurídicas, sino de la infraestructura humana y de edificios con que se cuenta para poder echar a andar este sistema... si no están preparados será un fracaso".

Antes estas consideraciones, pierde validez el argumento del diputado local Manuel Ignacio Acosta Gutiérrez en el sentido de "no puedo hablar de recursos... cuesta más la impunidad, creo yo".

Como principal impulsor visible de la reforma del sistema judicial en Sonora y la implementación de los juicios orales, el 'Maloro' está obligado a pasar del aspecto meramente 'politiquero' del proyecto, para contemplar en él también la cuestión de los números y los pesos... creo yo.

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