Confidencias Sonorenses
Por: Ramiro
Valenzuela
Curiosidades DE LA SERRANIA
SONORENSE
Nos
hemos propuesto a través de estas colaboraciones,
el que las nuevas generaciones tanto de la región
serrana como del resto de la comunidad sonorense, conozcan
-cuando menos a vuelo de pájaro- la peculiar forma
de vida de sus antepasados, plagada de hechos, a veces un
tanto curiosos.
Ahora,
me referiré a algunos que encajan precisamente en
la categoría de hechos curiosos, que hasta la década
de los 60's se daban en la vida cotidiana, que sin ser confidenciales
-quizá por su escasa trascendencia-, su fama nunca
rebasó las montañas de la sierra sonorense.
Uno
pudiese ser el servicio postal, que era el único
medio de comunicación a distancia, de persona a persona;
este servicio se prestaba si bien iba, dos veces por semana,
en un camioncito de pasajeros, al que por su color amarillo
llamaban "Calandria"; la correspondencia venía
dentro de una "valija" o saco de lona con franjas
longitudinales con los colores de la bandera nacional.
Al
arribo del citado vehículo, en la casa habitación
del empleado postal -convertida en oficina de correos- se
arremolinaban esposas, madres, hijos y novias de varones
emigrados a los Estados Unidos, o familiares de estudiantes
que salían a las ciudades a cursar la preparatoria
en busca de un título profesional, o bien con el
fin de hacer una carrera corta de Contador Privado o Taquimecanógrafa;
quienes lograban su propósito, por razones obvias,
difícilmente regresaban a radicar a su pueblo natal.
Era
emotivo ver salir de la oficina de correos a personas con
caras radiantes de satisfacción que tenían
suerte de recibir un sobre, por lo general de bordes coloreados
característicos del "servicio postal aéreo",
el que antes de abrirlo, quizá la persona tratando
de adivinar su contenido, asido con una mano, lo chocaban
levemente sobre la palma de la otra; pero igualmente era
enternecedor ver rostros cabizbajos, de quienes salían
de la oficina de correos con las manos vacías.
Como
siempre, la escasez de empleos obligaba a sus moradores
a abandonar los pueblos en forma temporal, pero en algunos
casos hasta definitivamente.
El
jefe de familia y sus hijos mayores, si no contaban con
un hato de ganado o una parcela, forzosamente tenían
que dedicarse a la fabricación del "bacanora",
que se convertía en la única moneda circulante.
En la época a la que se refieren estos relatos, la
producción del "bacanora" estaba tan prohibida
como ahora la marihuana. Los campesinos que lo fabricaban
se abastecían de provisión a crédito
en los changarros o "tanichis", y saldaban la
deuda con el producto del "agave", casi a modo
de trueque; el changarrero lo comercializaba en forma por
demás sigilosa, negociándolo sólo con
clientes de suma confianza.
Para
escapar al "bacanora" de las arbitrarias incautaciones
de la policía judicial del estado -antes "Acordada"
-, se almacenaba en subterráneos o en casa distinta
a la habitación; pues, además del arbitrario
decomiso, la "Acordada" aprovechando la escasa
cultura pueblerina, mantenía sobre el infractor "la
espada de Damocles", con la amenaza de aplicar algunos
años de arresto. A los campesinos vinateros, estos
agentes policíacos los visitaban en las propias vinaterías
cuyos alambiques se instalaban en los más profundos
barrancos de la serranía; les decomisaban el producto
con todo y equipo, sin mediar documento que diera fe de
la incautación.
La
escasez de fuentes de trabajo hacía que en cierta
época del año, los pueblos de la sierra se
quedaran sin varones adultos, quienes emigraban a Estados
Unidos en calidad de braceros. En ese entonces existía
un programa internacional, basado en contratos individuales
de trabajo, cuya duración era de noventa días
prorrogables; estos trabajadores, al contrario del "Jibarito"
-que iba loco de contento con su cargamento- partían
de los pueblos con el desconsuelo en sus rostros, pero en
el corazón la esperanza de mejorar la situación
económica de la familia.
Para
conseguir el contrato, el primer paso era acudir a la Cuarta
Zona Militar con sede en Hermosillo, a poner en regla su
cartilla militar y obtener el permiso para abandonar temporalmente
el país; después eran concentrados en un centro
de contratación ubicado en Empalme, Sonora; de allí,
firmada la documentación contractual, por cuenta
del programa bipartita, abordaban un tren que los conducía
a los valles agrícolas de Arizona y California.
Otra
fuente de trabajo alejada de la población, antes
que incursionaran las máquinas pizcadoras de algodón,
era la que proporcionaban los agricultores del Valle del
Yaqui y de la Costa de Hermosillo, quienes en el mes de
junio de cada año enviaban camiones a los pueblos
ubicados en la sierra baja, para trasladar a las familias
que año con año acudía con el mismo
agricultor. En esa época era común que los
pueblos de la sierra se quedaran desiertos, en razón
que a las pizcas emigraban no sólo varones, sino
familias enteras; la algarabía de los pueblos serranos
se trasladaba a los campos agrícolas de los valles
costeros, donde la vida se volvía trajín,
propiciándose la convivencia entre familias de distintas
poblaciones, quienes terminadas las zafras, seguían
en contacto mediante la correspondencia postal en comento.
En
el quehacer de las pizcas, trabajaba toda la familia, todos
arrastraban una 'saranda' atada a la cintura, en la que
se depositaban las blancas motas de algodón pizcado;
una vez llena, la 'saranda' era llevada a la 'pesa' y vaciada
en camiones de carga, que trasladaban la cosecha a las despepitadoras
de Anderson Clayton o Voldkan. La labor de la pizca de algodón,
a pesar del sofocante calor, se realizaba en un ambiente
agradable, pues se generaba un juego de competencias que
además de divertido, resultaba productivo, y se trataba
de lograr el título del 'Mejor Pizcador del Día'.
Para quien no lograba el campeonato; la persona que rebasaba
cien kilos pizcados en el día, entraba a la categoría
de 'Buen Pizcador', y en ella jugaba un papel preponderante
el sexo femenino. El premio que se obtenía era el
orgullo de haber sido el 'mejor pizcador', que podía
ser del día, de la semana, del mes o de la temporada;
lo cierto que el premio de consolación, tanto para
el triunfador como para el resto, era la remuneración
mejor que obtenían, de quienes decidían participar
en el juego.
El
sábado por la tarde aumentaba la algarabía
que perduraba todo el domingo; el Cajero del campo hacía
la liquidación de kilos pizcados en la semana; después
cada quien trataba de relajarse de la forma que más
le acomodara; unos visitando los puestos ambulantes surtidos
hasta de 'cáscaras de llaga'; los más, en
grupos familiares rodeando un humeante asador de carne con
su infaltable y refrescante hielera.
En
agosto terminaba la cosecha de algodón en Cajeme
y las familias se trasladaban a la costa de Hermosillo;
ahí las pizcas terminaban en el mes de diciembre,
que era cuando retornaban las familias a los pueblos de
la sierra, a disfrutar con cierta holgura económica,
las 'festividades de San Nicolás'.
Las
posadas navideñas en los pueblos de la sierra consistían
en una procesión nocturna que durante nueve días
anteriores al día 24, partía de la iglesia
con las efigies de María y José, para dirigirse
a una casa previamente determinada, que mantenía
las puertas cerradas entre tanto el grupo recién
llegado entonaba villancicos alusivos a la 'petición
de posada', los que eran correspondidos desde el interior
por otro coro que representaba a los 'anfitriones'; se abría
la puerta, se rezaba un Rosario; concluido el rito, se servía
menudo, tamales y champurro.
El
24 de diciembre la velación se hacía en el
templo del pueblo, orando y entonando cantos propios de
la época; al primer canto del gallo, repicaban las
campanas anunciando el nacimiento del Niño Dios,
y entre cánticos de villancicos empezaba el olor
a incienso y el desfile de hombres, mujeres y niños
a besar los pies del recién nacido en señal
de adoración.
El
canto de los gallos, que cuando cantaba el primero, lo secundaban
todos los gallos de la comarca, teniendo a favor la acústica
natural propiciada por la tranquilidad que envolvía
en ese entonces a los pueblos por carecer de energía
eléctrica; lo que en fecha tan especial, permitía
disfrutar en toda su intensidad la serenata avícola.
En
las afueras de la iglesia, como parte de la velación,
para contrarrestar los efectos del cierzo invernal, cuyas
temperaturas con frecuencia bajan de los cero grados centígrados,
se encendía una fogata alimentada con macizos troncos
de encino, que se mantenían encendidos hasta el amanecer,
de donde se abastecían de brasas quienes permanecían
en el interior del templo, introducidas en cacerolas y en
conchas de palas viejas, para descongelar los pies.
Durante
las fiestas navideñas en la plaza pública
se celebraban tres magnos bailes; aunque amenizados con
'radiolas', 25 y 31 de diciembre y primero de enero.
En
el baile del día último del año, se
dedicaba a los y a las jóvenes de edad avanzada,
a quienes muchachas y muchachos, en 'pieza robada', tomaban
la iniciativa y los sacaban a danzar piezas musicales propias
de la edad: valses, polkas y chotís; un moderador
con micrófono en mano, cada cinco minutos daba a
conocer la hora y los minutos faltantes para la entrada
del nuevo año; después de los abrazos de Año
Nuevo, la gente se encaminaba con invitados a sus casas
a saborear un rico menudo, y regresaba a la plaza para,
sin importar la gélida temperatura, continuar el
baile hasta el amanecer.