"El último vaquero", EN MÉRIDA
Nota de Raúl H. Lugo Rodríguez,
publicada en el Diario de Yucatán,
el pasado 23 de abril.
Es
la hora y el teatro está ocupado con una tercera parte
de su aforo. He venido al Daniel Ayala lleno de curiosidad. Había
escuchado algunos comentarios del infatigable trabajo cultural
de Sergio Galindo allá en sus tierras sonorenses. Cuando
de cultura y arte se habla, la sombra del centralismo siempre
amenaza con oscurecer el panorama. Muchos artistas que quieren
triunfar -vaya usted a saber qué concepto de triunfo tengan-
piensan que sólo es posible trabajando desde el centro
de la república.
Discípulo
de Julio Castillo y José Ramón Enríquez,
Sergio Galindo -no confundirlo con el homónimo escritor
veracruzano, autor de "El Bordo"- opina distinto. Con
un singular empeño ha empleado buena parte de su vida promoviendo
buen teatro desde Hermosillo, su ciudad natal.
La
ruptura de la tiranía centralista, tanto en el campo de
las artes como en otros ámbitos, se logra solamente a base
de un convencido trabajo desde las regiones lejanas (¿lejanas
de qué o de quién?).
Además
de su aprendizaje teatral y de una entrañable amistad de
años, Sergio Galindo comparte también esta convicción
con su antiguo maestro José Ramón Enríquez,
quien desde este otro rincón de la patria, estas cálidas
tierras del Mayab, viene trabajando con la compañía
"Teatro hacia el margen" para, con hechos más
que con declaraciones, romper la dependencia del centro y abordar
temáticas regionales, manteniendo en diálogo permanente
lo local con lo nacional y universal.
Sorpresivamente
se da la tercera llamada. El teatro entra en sombras y, en el
escenario, tras escuchar varios timbrazos del teléfono,
se dibuja la silueta de Sergio Galindo. Ha venido a presentar
"El último vaquero", la última de las
obras que constituyen una trilogía de piezas teatrales
conocidas como "Trilogía bajo el agua" y que,
basadas en el anegamiento de tres pueblos, Batúc, Tepupa
y Suaqui, enclavados en la sierra sonorense, cuestiona la idea
de progreso patrocinada por los gobiernos mexicanos y fincada
en la pobreza y humillación de los pobres.
Teatro
valiente y subyugante, "El último vaquero" se
va convirtiendo, conforme avanza el monólogo, en el entrañable
autorretrato de una víctima de la decrepitud y sus secuelas,
víctima del amor inmarcesible por Angelita, víctima
de los recuerdos que el agua no logró arrancar del alma.
Con
humor del bueno, como quien es capaz de reírse de sí
mismo en medio de la tragedia, Ramón, el velador del teatro,
en unilateral diálogo con el público sentado en
las butacas, nos cuenta su vida. Él es uno de los sobrevivientes
de aquellos pueblos sepultados bajo el agua.
La
tragedia de la inundación de tres pueblos, en aras de una
presa que traería el desarrollo a los alrededores, queda
indeleblemente impresa en las obras de Galindo.
"Agua
pasa por mi casa", "Más encima... el cielo"
y "El último vaquero" se han convertido en la
voz de aquellos pobladores que vieron perderse, junto con sus
pueblos, sus raíces, sus tradiciones, sus esperanzas. Sin
perder el sentido del humor, estas tres desgarradoras piezas dibujan
al teatro como un esfuerzo testimonial del dolor del pueblo. Ojalá
tengamos la fortuna de ver montadas en Mérida las dos obras
que nos falta ver, pero con una mejor planeación en cuestión
de propaganda y tiempos de presentación por parte del ICY.
Las
luces del teatro se encendieron de nuevo. El monólogo del
último vaquero se apagó con las sombras que llenaron
el escenario. Retumbaba
en el corazón el sentimiento. Gracias a Sergio Galindo,
a su teatro recio y valiente, esa voz, la voz de Ramón,
el último vaquero, no se apagará para siempre.